Mahler

En el curso de la última semana, en dos ocasiones nuestras conversaciones mentaron a Gustav Mahler (foto Wikipedia), cuyo espíritu y música parecen estar sobrevolándonos por algún motivo. Eso me recordó este pequeño texto de ficción que escribí hace un par de años. No se si se trata de Mahler o del horror a la muerte.
A Mahler le fue permitido volver al pasado para presenciar la muerte de su hija. Su extraña insistencia en saber cómo había ocurrido le valió este dudoso privilegio.
Los viajes al pasado son infrecuentes, pero no imposibles. Quienes tramitan estas cosas tienen múltiples ocupaciones (ángeles?), y consideran estas indulgencias como un ejercicio de lo superfluo.
Los que viajan al pasado coinciden en la sensación de intenso frío y soledad que los acompaña. Lo que ven no es un espacio comparable al mundo real, sino más bien una pecera donde la secuencia de hechos pasados se despliega ante el observador, bañada en una luz tan brillante como extraña. Desde luego, no hay contacto posible con los protagonistas del pasado. No porque se haya diseñado un artilugio para evitar el cambio de los acontecimientos, sino porque el viajero sencillamente no está allí, son sus sueños lo que han viajado.
A Mahler no le sirvió de mucho su experiencia. Ver cómo muere un ser querido no tiene mucho más sentido que exigir verlo una vez muerto.
A su retorno no manifestó sentirse desesperado por no haber podido intervenir para evitar la muerte -que, por cierto, tuvo en este caso ribetes horribles. Sólo decía sufrir una amplificación de la tristeza, como siempre ocurre con el frío y la soledad.
Los viajes al pasado son infrecuentes, pero no imposibles. Quienes tramitan estas cosas tienen múltiples ocupaciones (ángeles?), y consideran estas indulgencias como un ejercicio de lo superfluo.
Los que viajan al pasado coinciden en la sensación de intenso frío y soledad que los acompaña. Lo que ven no es un espacio comparable al mundo real, sino más bien una pecera donde la secuencia de hechos pasados se despliega ante el observador, bañada en una luz tan brillante como extraña. Desde luego, no hay contacto posible con los protagonistas del pasado. No porque se haya diseñado un artilugio para evitar el cambio de los acontecimientos, sino porque el viajero sencillamente no está allí, son sus sueños lo que han viajado.
A Mahler no le sirvió de mucho su experiencia. Ver cómo muere un ser querido no tiene mucho más sentido que exigir verlo una vez muerto.
A su retorno no manifestó sentirse desesperado por no haber podido intervenir para evitar la muerte -que, por cierto, tuvo en este caso ribetes horribles. Sólo decía sufrir una amplificación de la tristeza, como siempre ocurre con el frío y la soledad.

